Ando ganas de encontrarte

Así es como me pasa con los libros. ¿Pero quién encuentra a quién? ¿Soy yo la que va tras los libros o son los libros los que vienen tras de mi? Algunos (muchos) no me han alcanzado aún. Otros me sobrepasaron. Algunos sobrevolaron mi espacio. Algunos otros esperan agazapados. Todas las palabras ahí esperando ser propias:

El escritor no dice sino por una costumbre tomada en el lenguaje insincero de los prefacios y las dedicatorias: “mi lector”. En realidad, cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico que ofrece al lector a fin de permitirle discernir aquello que, sin ese libro, tal vez no hubiera visto en sí mismo. El reconocimiento en sí mismo, por parte del lector, de lo que el libro dice, es la prueba de la verdad de éste, y viceversa, al menos en cierta medida, la diferencia entre los dos textos puede a menudo ser imputada no al autor sino al lector. Además, el libro puede ser muy erudito, muy oscuro para el lector ingenuo, y no presentarle así más que una lente turbia con la cual no podrá leer. Pero otras particularidades (como la inversión) pueden hacer que el lector necesite leer de cierta manera para leer bien; el autor no debe molestarse, sino por el contrario dejar al lector la mayor libertad, diciéndole: “Fíjese usted mismo si con esta lente ve mejor, o con esta otra, o con aquella”.

Marcel Proust: En busca del tiempo perdido
El tiempo recobrado. Trad: Graciela Isnardi

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