Agua

“¡Agua!, dijo, pues la garganta se le resecaba dentro de aquel lago inservible. ¡Agua!, dijo a gritos, y se paró sobre el agua del piso, y se trepó a la pared de agua. ¡Agua!, gritó, y dando un golpe contra la reja empezó a clamar por un pedazo de papel y una pluma para ponerse a escribir ya que no podía matar la sed… Escribir en medio del infierno acuático. Dejar que todas las ocurrencias le salieran de la cabeza. No desperdiciarlas como ahora en que las ideas iban y venían y se difuminaban entre la oscuridad de la prisión. ¡Cuántas ideas!… Y sin embargo, pensó, mientras gritaba por agua y por luz, como un nuevo y reciente mito, las mejores ideas son precisamente las que nunca logro llevar al papel, porque al hacerlo pierden la magia de lo imaginado y porque el resquicio del pensamiento en que se alojan no permite que sean escudriñadas y, al sacarlas de allí salen trastocadas, cambiadas y deformes. Y esto lo hizo calmarse un poco. Y hasta se durmió, aboyado, durante toda la madrugada. Fue quizás al amanecer cuando un carcelero entró con una escudilla, con tan poca comida que Servando pensó que lo querían matar de hambre. Pero se fue acostumbrando… Y dentro de aquel castillo, sumergido casi por las olas, el fraile se paseaba de una esquina húmeda hasta la otra esquina repleta de mar.”

Reinaldo Arenas “El mundo alucinante”

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