Amigos (eterna y vieja juventud)

Hugo y Roberto fueron amigos desde chicos, se conocieron cantando juntos en el coro de la Iglesia. Voces dignas de ser admiradas. Sus gustos parecían ir por caminos opuestos: uno hincha de River, el otro hincha de Boca. Uno radical, el otro peronista, uno de Chevrolet, otro de Ford… La amistad continuaba con el paso de los años. Hugo se casó y dio a Roberto el padrinazgo de su primer hijo varón. Más tarde tuvo 3 hijos más que llamaban a Roberto tío, por esas cuestiones que exceden lo sanguíneo. Roberto tardó un poco más en casarse y designó a su ahijado para que sea el padrino de su segunda niña. A esta altura Roberto hacía un par de años que había dejado de vivir en Capital para instalarse con su familia en Ensenada. Las distancias geográficas y los cambios de vida de aquel entonces hicieron que los años pasaran y dejaran de verse. (Hasta aquí el relato de la historia que me contaba mi padre: Roberto).
Hace aproximadamente 20 años el reencuentro se produjo. Mi padrino llegó con una cámara y comenzó a filmar lo que acontecía. El registro me lo envió hace un par de días. De repente aquellos años volvieron, quizá los años son los suficientes como para poder inscribir hoy estas torpes palabras. Ver a mi viejo cantar siempre me emociona, pero verlo recordar momentos de su amistad con Hugo me emociona aún más. Hugo ya no está, mi viejo sigue cantando cada vez que le insistimos un poco. Si en algo no temo cubrirme de subjetividad es en esto: la mejor voz que escuché en mi vida, es la voz de mi padre…

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