Archivo de la categoría: Música es lo que dás

Confesiones de verano

Cuando tenía 17 años fui a ver a Fito Páez al centro de Bahía (en la ciudad de La Plata), presentando el disco Ey!. En ese tiempo Fito se ataba la mitad del pelo, de costado. Cuando terminó el recital el lugar se convertía en boliche. Empezamos a dar vueltas con una amiga y en un momento lo vimos. Me puse delante de él y le dije: Fito, dame algo. Él respondió: sacame lo que quieras. Así fue como le saqué la gomita del pelo, es de las comunes, color rosa. Aún hoy la conservo, pese a las mudanzas, en un alhajero. (Si Daniela Cardone viaja con su gato embalsamado, yo puedo conservar ese tesoro)

A mi el verano no me inspira, a mi el verano me transpira..

Laberintos culturales

(Este es un post escrito no solo por mi, sino también por Tango II. )

Por lo general no me gustan los debates, me aburren, me molestan, me malhumoran. Rara vez participo, sobre todo si se agrede a gente que quiero. Claro que estoy hablando de un tipo de debate que, además, es virtual. En defensa virtual no controlo bien las palabras que digo y me dan muchas ganas de agredir, cosa que como dije al principio es lo que más me malhumora. Necesito tiempo, pensar, repensar. Toda esta introducción tiene que ver con que el debate del que hablo es algo que me quedó picando en la cabeza desde aquél día. ¿Qué es la cultura? ¿Quiénes hacen cultura? ¿Sólo es cultura lo que está reconocido por alguna mayoría? ¿Hay medios específicos para acceder a la cultura? Aquí  es donde estoy. ¿Cuál es mi modo de acceso a la cultura? Pienso: variado, muy variado. ¿Cuál es el que más me gusta? El de boca en boca por decirlo de algún modo. Desde que abrí el blog, por ejemplo, mi acceso a la cultura o a manifestaciones artísticas (esto era lo que para alguien no es cultura) se acrecentó. Las empatías llevaron a que me interesara leer algún autor, escuchar algún disco, ver alguna película. Lo más interesante incluso, es que además estas personas, las detonadoras digamos, también escriben, ven, recomiendan: hacen cultura. Pero claro que no ha sido el único medio. Han sido calles, cuadras que se van abriendo y conducen por caminos que, en principio, no sabía a donde me llevarían. La radio es otro medio del que me sirvo. Adoro escuchar programas que me abran la cabeza, que no repitan lo que hay que pasar. Los músicos otro tanto, a partir de uno, escucho a otro. También puede pasar que abra un libro, lo lea, dentro de ese el autor nombre a algún otro, y hacia allí vaya. Estos son los modos, o los medios que me gustan para acceder a la cultura. Que gracias a amigos pueda ir a una librería en San Telmo a ver una película con argumento y guión de Borges, que no sabía que existía, y luego compartir un vino, un café, una buena charla. Podrá venir alguien a decirme que soy inculta por no saberlo desde antes. Podrán decirme que si no leí a Joyce no sé lo que es la literatura. Podrán decirme también que si no reconozco una sinfonía de Beethoven, no puedo hablar de música. Podrán decirme eso, y muchas cosas más, yo seguiré metiéndome por caminos, chocando contra las paredes, volviendo atrás, releyendo, escuchando, viendo, sintiendo, recomendando, conociendo, viviendo,  indagando, observando, intuyendo, acrecentando, perdiéndome en laberintos…

(A partir de aquí, como dije al principio, un esbozo de respuesta a cargo de Tango II, no dejen de visitar sus dibujos)

Después de releer el debate me di cuenta que todos caímos en un gran error y le terminamos siguiendo el juego al imbécil este: Asociamos automáticamente cultura y arte. Esto tiene un buen motivo, el debate surgió por una publicación de un evento sobre manifestaciones artísticas. Pero más allá de eso, cultura es toda realización humana. En la dialéctica del amo y el esclavo, este último es, podríamos decir, el vencedor. El esclavo es quien hace cultura, desde un simple utensilio hasta el postre, para la cena del amo.

Me parece que el humano no sólo es social, sino que también, y como correlato de su vida en sociedad, es esencialmente cultural. No existe comunidad, no puede existir sin cultura y viceversa. La cultura es un hecho social, es lo que une a sus individuos en una historia común, la que los define como individuos de una comunidad. Es la cultura la que nos da la posibilidad de sentir empatía con el otro; con un otro que  comparte nuestro pasado, nuestra cultura.

Por esto, el término “inculto” me parece un sinsentido. No conocer a Shakespeare no quiere decir que no se participe de ese supuesto grupo selecto que sí puede acceder a la cultura. Uno se conecta con la tradición hasta lavando una lechuga. Un lindo ejemplo de esto es el capítulo 105,
de Rayuela que, como sé que lo tenés en tu biblioteca, te invito a leerlo.

Nunca podré decirte como es…

Si se abriera un concurso bajo el nombre: “¿Cuánto sabe usted de Charly García?”, seguramente varios de mis amigos o conocidos me alentarían a participar. Dudo que pueda pasar la primera ronda, pocas veces recuerdo a que disco pertenece tal o cual tema. Ni siquiera sé, la cantidad exacta de discos de estudio que posee. No poseo su discografía completa, o sí, tal vez la posea. Entonces pienso, es eso lo realmente importante. Como explicar lo que sé de uno de los músicos más influyentes de mi vida. Si no puedo contabilizar la cantidad de recitales a los que asistí. ¿Entonces? ¿Cómo se explica? Intento poner en palabras lo que realmente significa. Trasportarme en el tiempo. Dejar que algún recuerdo me invada, como el día en el que fue de invitado a un recital (que solo me costó 2 pesos) de Fernando Samalea. Ese día podría haber esperado, podría haberme quedado y esperar verlo de cerca. No lo hice. Tampoco fui nunca a tocar timbre a su departamento de Avenida Santa Fe. Pocas veces llevé una cámara para fotografiar o filmar los momentos. Hace casi un año cuando hice un recorrido de su vida mediante sus temas, descubrí cosas que ignoraba. Recordé momentos olvidados. Canté, lloré y bailé. Todo esto es lo que sé del bigote bicolor. Descubro cada día algo nuevo, mi cuerpo lo descubre. Me alegra que algún amigo que nació mucho después que yo, sepa más.  Quizá, nunca pueda decir como es, quizá algún día lo logre. Mientras tanto sigo descubriendo gracias a la radio y a la tecnología que todo lo puede, versiones nunca antes escuchadas (hasta el pasado sábado)… “I love you, I hate you, gimme more!”

La casa era una fiesta

Tal es el recuerdo que vino a mi mente. Bastaba que mi padre comprara un disco para que la casa se transformara, con mis hermanos tomábamos asiento, como chinitos, en el suelo de la planta alta. Así escuchábamos los primeros vinilos que llegaron a la casa que habitábamos en Ensenada. El tiempo fue pasando, pero la pasión por escuchar discos no me abandonó más. Lo que sí cambiaron fueron los formatos, pasé de escuchar discos a escuchar casette y rebobinarlos con la birome bic, más tarde vino el cd y ahora el formato mp3, ese que te permite tener la cantidad de música que se te antoje. Hace unos días, con motivo de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un vinilo doble de Prince, hecho que hizo que me brotaran las lágrimas. Al instante me dijo: “tía, ahora sí que no tenés excusa, hay que arreglar la bandeja de discos”. Así es como el aparato se fue hacia el técnico encargado de tal empresa. El fin de semana volvió a mi hogar, recuperado. Enseguida me puse a escuchar no solo el disco de Prince, sino varios de los que aún conservo. La casa fue una fiesta…

Mañana es mejor

“En cierto modo, el más testarudo de los rockeros argentinos nunca abandonó los puentes amarillos. Ése fue su verdadero manifiesto.”
Sergio Pujol. Canciones Argentinas.

Así dejé pasar los días, pensando que sería mejor alejarme de aquella tarde de miércoles en que llegó la noticia. Alguien rezaba en su estado: ¿Spinetta?. No quería ver, no quería que fuera cierto. Llegó el primer grito y los titulares y las imágenes y las canciones… Una amiga que hace tiempo no veo me escribió para ver como estaba. Otra llamó. No es exagerado pensar que a muchos de nosotros se nos fue un miembro de la familia, un hermano, un padre… Y de pronto me encontré en esa mezcla de sensaciones, la vida, mi vida y la muerte. Una de mis sobrinas recordó que el primer recital de su vida fue uno que dio Spinetta en Mar del Plata un verano en el que fuimos solas por primera vez de vacaciones. En ese momento la visión de la muerte cambió. El flaco no está más en este mundo, pero sus canciones seguirán por siempre. Agradecí el momento en que empecé a escucharlo. Recordé mi casa de niña y a mis vecinos mayores escuchando “Muchacha, ojos de papel”. Y las fechas se mezclan, y me traslado a la primera vez que lo pude ver en vivo, acá en La Plata, en un teatro hoy devenido a mini-shopping. Y el año 1986 en el que andaba para todos lados con el casette doble Lalalá. Y de cuando tuve la bandeja de cd y fui corriendo a comprar “Exactas”. O aquel día en el que fui sola al complejo La Plaza a ver en vivo lo que después sería “San Cristóforo” metiéndome en un sauna de lava eléctrico. Y voy más acá y vuelvo más allá. Y releo viejos post. Y sigo rememorando recitales, viajes, escuchas, notas. Y así la vida se irá regenerando. Y la realidad se transformará, como se transformaba cuando era niña. Y tal vez mañana sea mejor…

Y estos registros de la última vez que lo vi en vivo son una mínima parte de la cantidad de registros que dejó en mi vida…

Y la canción que escuchas
tu cuerpo abrirá con el alba…

Amigos (eterna y vieja juventud)

Hugo y Roberto fueron amigos desde chicos, se conocieron cantando juntos en el coro de la Iglesia. Voces dignas de ser admiradas. Sus gustos parecían ir por caminos opuestos: uno hincha de River, el otro hincha de Boca. Uno radical, el otro peronista, uno de Chevrolet, otro de Ford… La amistad continuaba con el paso de los años. Hugo se casó y dio a Roberto el padrinazgo de su primer hijo varón. Más tarde tuvo 3 hijos más que llamaban a Roberto tío, por esas cuestiones que exceden lo sanguíneo. Roberto tardó un poco más en casarse y designó a su ahijado para que sea el padrino de su segunda niña. A esta altura Roberto hacía un par de años que había dejado de vivir en Capital para instalarse con su familia en Ensenada. Las distancias geográficas y los cambios de vida de aquel entonces hicieron que los años pasaran y dejaran de verse. (Hasta aquí el relato de la historia que me contaba mi padre: Roberto).
Hace aproximadamente 20 años el reencuentro se produjo. Mi padrino llegó con una cámara y comenzó a filmar lo que acontecía. El registro me lo envió hace un par de días. De repente aquellos años volvieron, quizá los años son los suficientes como para poder inscribir hoy estas torpes palabras. Ver a mi viejo cantar siempre me emociona, pero verlo recordar momentos de su amistad con Hugo me emociona aún más. Hugo ya no está, mi viejo sigue cantando cada vez que le insistimos un poco. Si en algo no temo cubrirme de subjetividad es en esto: la mejor voz que escuché en mi vida, es la voz de mi padre…

Sine materia

Leer a Proust es sumergirse entre otras cosas en deliciosas críticas estéticas:

“El año antes había oído en una reunión una obra para piano y violín. Primeramente solo saboreó la calidad material de los sonidos segregados por los instrumentos. Le gustó ya mucho ver como de pronto, por bajo la línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, se elevaba como en líquido tumulto, la masa de la parte de piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la parda agitación de las olas, hechizada y bemolada por la luz de la luna. Pero en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno, ni dar un nombre a lo que le agradaba, seducido de golpe, quiso coger una frase o una armonía –no sabía exactamente lo que era- que al pasar le ensanchó el alma, lo mismo que algunos perfumes de rosa que rondan por la húmeda atmósfera de la noche tienen la virtud de dilatarnos la nariz. Quizá por no saber de música le fue posible sentir una impresión tan confusa, una impresión de esas que acaso son las únicas puramente musicales, concentradas, absolutamente originales e irreductibles a otro orden cualquiera de impresiones. Y una de estas impresiones del instante es, por decirlo así, sine materia. Indudablemente, las notas que estamos oyendo en ese momento aspiran ya, según su altura y cantidad, a cubrir, delante de nuestra mirada, superficies de dimensiones variadas, a trazar arabescos y darnos sensaciones de amplitud, de tenuidad, de estabilidad y de capricho. Pero las notas se desvanecen antes de que esas sensaciones estén lo bastante formadas en nuestra alma para librarnos de que nos sumerjan las nuevas sensaciones que ya están provocando las notas siguientes o simultáneas. Y esa impresión seguirá envolviendo con su liquidez y su “esfumado” los motivos que de cuando en cuando surgen, apenas discernibles, para hundirse enseguida y desaparecer, tan sólo percibidos por el placer particular que nos dan, imposibles de describir, de recordar, de nombrar, inefables, si no fuera porque la memoria, como un obrero que se esfuerza en asentar duraderos cimientos en medio de las olas, fabrica para nosotros facsímiles de esas frases fugitivas y nos permite que las comparemos con las siguientes y notemos sus diferencias. Y así, apenas expiró la deliciosa sensación de Swann, su memoria le ofreció, acto continuo, una transcripción sumaria y provisional de la frase, pero en la que tuvo los ojos clavados mientras que seguía desarrollándose la música, de tal modo, que cuando aquella impresión retornó ya no era inaprehensible. Se representaba su extensión, los grupos simétricos, su grafía y su valor expresivo; y lo que tenía ante los ojos no era ya música pura: era dibujo, arquitectura, pensamiento, todo lo que hace posible que nos acordemos de la música. Aquella vez distinguió claramente una frase que se elevó unos momentos por encima de las ondas sonoras. Y en seguida la frase esa le brindó voluptuosidades especiales que nunca se le ocurrieron antes de haberla oído, que sólo ella podía inspirarle, y sintió hacia ella un amor nuevo. “

Marcel Proust. Por el camino de Swann. Parte II. Traducción de Pedro Salinas.