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Confesiones de verano

Cuando tenía 17 años fui a ver a Fito Páez al centro de Bahía (en la ciudad de La Plata), presentando el disco Ey!. En ese tiempo Fito se ataba la mitad del pelo, de costado. Cuando terminó el recital el lugar se convertía en boliche. Empezamos a dar vueltas con una amiga y en un momento lo vimos. Me puse delante de él y le dije: Fito, dame algo. Él respondió: sacame lo que quieras. Así fue como le saqué la gomita del pelo, es de las comunes, color rosa. Aún hoy la conservo, pese a las mudanzas, en un alhajero. (Si Daniela Cardone viaja con su gato embalsamado, yo puedo conservar ese tesoro)

A mi el verano no me inspira, a mi el verano me transpira..

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Insomnio

Cuando era pequeña los sábados era obligatorio dormir siesta, y, sobre todo no molestar a mi padre mientras lo hacía. La recompensa (este es un recuerdo de verano) era, al despertarse, poder meterse en la pelopincho y tomar un super licuado de banana. Hete aquí que uno de esos sábados me tocó dormir la siesta nada menos que con mi padre. Él enseguida se durmió. Yo, a su lado, no lograba hacer que el sueño se apoderara de mi pequeño cuerpo. No quería moverme, no vaya a ser cosa que se despertara. Lo observe durante unos minutos y pensé: debo ponerme en la misma posición que él. Así fue como boca arriba, coloqué mis manos entrelazadas sobre la panza, cerré los ojos y dormí placidamente. Más tarde escuché que mi madre comentaba que había ido a ver si estaba todo bien y la imagen le causó cierta ternura: “estaban los dos durmiendo iguales”, dijo.
La vida siguió su curso, las siestas se fueron esfumando, como los licuados y la pelopincho. Lo que quedó es el recuerdo de aquella posición. Algunas noches intento volver a ella, algunas noches logro dormirme…

Oportunismo

Creo que la primera decisión importante de mi vida, fue, ser hincha de Estudiantes de La Plata. Me enamoré de los colores, eso.
En casa la cosa estaba dividida, papá de Boca, mamá de River, hermano de River, hermana geminiana. Puedo decir que soy además el primer miembro de la familia en ser hincha de ese club. Recuerdo domingos de la infancia y la adolescencia donde la casa era un caos, los partidos se jugaban todos en el mismo horario y a no ser que se enfrentaran los equipos, cada uno escuchaba el partido que le correspondía. Más tarde nos ha tocado estar, con mi hermano, en tribunas enfrentadas, en 1 y 57 o en el Estadio Único. No hay nada que justifique la violencia. Solía repetir que ir a la cancha era algo así como salir del mundo, el tiempo, tomaba otras dimensiones, lo único que importaba era alentar, cantar y de ser posible gritar algún gol. He ido a ver clásicos platenses en el bosque, en 1 y 57 y en el Estadio Único también. Luego, algo cambió, no más clásicos con fútbol visitante. ¿Y la gracia? ¿Para qué ir a la cancha si no hay respuesta y cargada del otro lado? ¿Cuál es realmente la fiesta del fútbol? ¿Es más hincha quién da la vida por el club? ¿Es irracional el fútbol, el fanático del fútbol?
Hoy todos hablan de eso, de cómo somos como sociedad, como argentinos, de la seguridad, de los negros de mierda, de los rubios conchetos, de que todo es una mierda, de que nunca va a cambiar. Otra vez un único tema de conversación y como de fútbol se trata, de confrontación y de enfrentamiento.
Seguiré siendo hincha de Estudiantes, espero poder ir nuevamente a 1 y 57, no daré la vida por los colores, por más que lo cante desde la tribuna, la vida es otra cosa, la vida está acá, en poder sentarme y escribir, en encontrar esta oportunidad para hacerlo.
La vida es leer, es escuchar música, es abrazar, es besar, es también alentar, claro que sí.

Las palabras solo sirven para echarlo todo a perder. ¿Cuánto hace que leí eso? ¿En qué libro fue? Lo recuerdo perfectamente, de todos modos no viene al caso. Cada día la misma pregunta sin respuesta. ¿Se sigue? ¿Cómo? ¿Acaso se puede?. Serán solo recuerdos estos días. Gratos recuerdos. Tristes recuerdos. Contar la vida como si fuera una historia. Creer que estoy dentro de una historia. Sentirme protagonista a veces, sentirme un personaje del reparto otras. Muchas otras. No soy siquiera quien escribe. Un ser me posee y dicta las palabras. De repente la mente reacciona y lee. Los dedos van y vienen. Borran, siguen. Ahora la voz se calla. Siento que está cansada de dictarme. Está cansada de justificar mis actos. La cabeza se embota. La mia, que en este momento está sobre mis hombros. Soy solo un cuerpo, quieto, sentado frente a una pantalla. Los espacios en blanco se van cubriendo de símbolos. No los distingo, casi ni los leo. Lo haré más tarde. Lo haré otro día. Todo seguirá, como siempre, mutando, cambiando, languideciendo, menguando, apagándose. Ahora me asaltan unas ganas locas de desaparecer del mundo. De pasar a ser solo esto, un manojo de letras desperdigadas. Que quien lo encuentre no pueda descifrar lo que se esconde tras ellas. Que ni siquiera pueda saberse quien es la que las escribió. Si no fuera por el dolor de espalda podría pensarse que ni siquiera tengo un cuerpo. Pero ahí está, el dolor, el mismo que hace tiempo. El del peso ¿El peso de qué? Será hora de cambiar la carga. De recuperar fuerzas. De transformar lo dado.

Las palabras y las cosas.

Hace poco más de siete meses escribía: “Las palabras y las cosas están secándose”. Intentaba darle un sentido a lo que ocurrido. Por otro lado, había algo literal: uno de los libros que flotó en la casa era el de Foucault. Cuando empezó a bajar el agua, desde la habitación, me alcanzaron otro, uno de Proust, el mismo que había venido a cumplir años conmigo, aquél que compré 66 años después de su edición. La reacción primera fue el llanto. Luego seguimos sacando agua. Nada terrible había pasado. Solo hacían falta un par de secadores y ponerse a limpiar. Intentar dormir un poco. Seguir. La realidad era ficción. Al día siguiente, las calles eran parte de una película. La gente vagaba perdida. Los autos intentaban secarse. La plaza tenía huellas, demasiadas huellas. Las comunicaciones imposibles. Quería saber. ¿Cómo estaba el resto? Poco a poco todo iba reacomodándose. Los recuerdos perdidos, pasarían a formar parte de este otro recuerdo. El olor a humedad ya no sería el mismo de antes. Hoy, la ciudad en la que vivo, cumple 131 años. No hay festejos. Aunque intentaron que los hubiera. No hay motivo. Está demasiado latente todo. El dolor aún no mermó lo suficiente. Quiero a esta ciudad. Quiero a su gente. Creo en la solidaridad del vecino, del amigo, del desconocido, no creo en la solidaridad de los gobiernos de turno. En otro tiempo estaría organizando para ir al recital de Plaza Moreno. Hoy, sigo intentando recuperar libros. Puede sonar superfluo, pero en los libros encuentro la realidad que quiero, por eso tal vez el llanto primero fue por perder parte de esa realidad. La vida sigue, los libros me seguirán encontrando. La realidad seguirá cambiando, por ahora sigue secándose…

Tamiz

Fue Marcel el primero que me habló de ellos. Lo recuerdo como si fuera hoy, me dijo: “fijate si ves mejor con estos o con estos otros.” Reconozco mi escepticismo al respecto. Gracias al cielo, hubo alguien que sí lo tomo en serio y en el mismo instante en que su tía preparaba un bizcochuelo H. R. Jauss, tuvo una iluminación. Si la tía tamiza el harina para que la torta no tenga grumos, crearé unos lentes que tamicen la mirada para que la realidad tenga otro gusto. Como H. R. sabía de mi amistad con Marcel, enseguida me llamó para que lo ayude. Además, es un hombre previsor, y también sabía que yo: Magdalena P. sería la mejor para promocionar el invento. Las primeras pruebas las hicimos en el laboratorio. ¿Qué ves? ¿Qué vez cuándo me ves? repetía H.R. Veo, veo, creo que veo menos mal. Tal fue mi primer respuesta. Jaussito (así me gustaba llamarlo) saltaba por todo el cuarto. “Creo que lo estamos logrando, gritaba. Con tu mirada o la mirada de cualquier otro y estos lentes, la realidad puede cambiar. Podemos crear nuevos horizontes de expectativas. Dejando de lado la tradición. Desafiando el destino. Salgamos a la calle! No es lo que se ve, es quien y como se mira!” Y así fue, no es que la vida haya pasado a ser color de rosa en todos sus aspectos, de hecho mejor que no lo sea, el rosa es un color horrible, lo que ocurre cuando uno usa estos lentes es que la mirada se relaja, se toma su tiempo, lo recupera… Pero ya basta de historia, ahora sí, voy a nombrarles algunos de lugares recomendados para usarlos: Cuando vaya al supermercado: en esos lugares el super lente tamiz le permite leer más allá de las ofertas, recordar que es lo que necesita, esquivar los carteles y, al momento de llegar a la caja, festejar que no compró cosas al pedo!. Y hay más…recomendables para viajar en subte B a las 18 hs, allí, podrá detectar de modo casi inmediato a los punguistas, vendedores ambulantes, empujadores y transpirados, etc. Hay personas que los usan, para leer determinados diarios, otras, para no leerlos. No se ha experimentado aún en niños, estamos convencidos, que ellos no los necesitarán si los adultos comienzan a mirar de otro modo. Cada uno de los usuarios puede encontrar el lugar adecuado para usarlos, estamos creando un grupo donde la gente va dejando sus comentarios, maridos que los usan para acompañar a sus mujeres de compras, mujeres que los usan para ver a sus maridos mientras ellos (también con los lentes puestos) ven algún partido de fútbol. Ya ven, miles de personas los están usando, la revolución ha comenzado, no intentamos crear realidades paralelas, intentamos hacer que cada uno tenga la mirada propia. Atrévanse a tamizar la mirada! Verán que bien sale! Realidad sin grumos, realidad tamizada!

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Asociación libre

¿Es libre? ¿Son libres mis pensamientos? Por momentos creo que sí lo son. ¿Y mis acciones? Bueno, bueno, no siempre. La decisión por delante. Las expectativas detrás. ¿Será al revés? Lleno los espacios de esta hoja (que no es hoja) en blanco. Pienso. Me detengo. Borro, sigo… Canturreo canciones que apenas conozco. ¿A qué venía todo esto? A sí, sí, ya sé: a asociar una cosa con otra. Si escucho Super Tramp me acuerdo de la película Magnolia. Alguien habla de armonía y me pongo a tararear el tema de los Peligrosos Gorriones… “la armonía siempre acampa en el desierto y es mi amiga: la alegría”. Leo palabras escritas en japonés y recuerdo la película Perdidos en Tokio. Entonces, lo que es libre es este modo de viajar en el tiempo. De unir momentos. De interceptar estados. De dejar que pase. Que una poesía me recuerde una escena de Mulholland Drive. Que una canción me traslade a la casa de la infancia. Que una lectura me trasporte a una charla de otro tiempo, de otras calles. Que una tarde cualquiera escriba esto, cuando debería estar escribiendo otra cosa.